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      El lector de libros en Jeluna Café

      En un rincón tranquilo de la ciudad, escondido entre árboles de jacarandá y adoquines húmedos, se encontraba el Jeluna Café, un lugar donde el tiempo parecía detenerse. El aroma de café recién molido flotaba en el aire, mezclado con el dulce olor de pastelillos de vainilla y lavanda.

      Cada tarde, a la misma hora, un hombre de cabello desordenado y gafas gruesas ocupaba la mesa del fondo, junto a la ventana. Traía siempre un libro diferente, pero su expresión era la misma: absorta, como si se hundiera en otros mundos desde su taza de capuchino.

      Nadie sabía su nombre. Algunos lo llamaban El lector. Otros, simplemente, el de la mesa 7.

      Lo curioso era que, cada vez que terminaba un libro, dejaba una nota manuscrita dentro, la cerraba con una cinta roja, y la devolvía discretamente a una de las estanterías libres del café. Quien encontraba la nota, encontraba también un pedazo de su mundo: reflexiones sobre el amor, la soledad, o la esperanza.

      Una tarde, no apareció. Ni al día siguiente. Ni al siguiente. En su lugar, en la mesa 7, alguien había dejado una caja de madera con su nombre tallado: Jeluna.

      Dentro, había un cuaderno. La primera página decía:

      “Gracias por leerme, aunque nunca me hayan hablado. Si estás leyendo esto, quizás tú seas el próximo lector.”

      Desde entonces, el Jeluna Café no solo sirve café: sirve historias.

      Me encanta
      Gloria Ruiz Arcos y Ximena Anaid Sánchez Diosdado
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